jueves, 14 de febrero de 2019

BERLÍN, el paramuno paso a Bucaramanga.

Esta franja de Santurbán en la cima de la cordillera y a la mano o a un paso, como quieran, siempre es un lugar icónico en la vía que de Pamplona conduce a Bucaramanga.

Es una belleza extraña, sobrenatural si se quiere en algunos de sus recodos, es un paisaje embrujador inclusive en los cebollales que cada vez son más orgullosos de crecer, de dar vida a tan infaltable vegetal - condimento, en esas alturas.

El largo asentamieto urbano, irregular en todo o las desperdigadas casas en los desnudos protreros y hasta las cabañas de "veraneo al frío" , inquietan la vista, pero son a la vez enjambre de buenas imágenes, desde el ángulo que se quiera y el instante menos pensado.

La carretera que rompe ese falso plano y que serpentea luego, es el indicador que pesa y corrompe la fragilidad del paisaje, cuando alguien hace ya mucho tiempo dibujo por ese lado la forma de llegar o unir dos regiones, parecidas pero distantes, al lado y lado de la cordillera.

Una tarde, no hace mucho debí tomar el transporte público hacia Cúcuta, no tenía opción, pero ahí en el parque de Aguas de Bucaramanga, donde han hecho terminalito de transportes, subió al automotor otro pasajero, don Fortunato, habitante de ese Berlín de nuestra historia, con quien mientras duró su viaje hablamos del páramo y otras formidables realidades.

Contó que era agricultor, de cebolla, como casi todos, que estaba aprendiendo mucho sobre Santurbán, que tenía muchas expectativas, que ese medio había que cuidarlo, pero que sin duda por el momento no podía dejar de sembrar cebolla.

Normalmente eso es un buen negocio, hay un comercio adecuado para el producto.

Hablamos del turismo, de los extranjeros que ahora llegan con más constancia a recorrer esos parajes, del futuro que sin duda esto representa y que puede ser la actividad económica primaria para todos ellos como anfitriones, guías, acompañantes, guardaparques,  en fin.

El páramo de Berlín es otro punto de referencia en todo el nudo orográfico de Santurbán, fácil de ver y de querer, aquí pareciera una paisaje alpino, más allá uno lunar o por el otro lado, montaña normal.

La imponente mole del Picacho abruma, es inmensa y estratégica a la vez, orlada de antenas y de un radar, así lo deja entrever, para los montañistas esa roca es el apropiado desafío.

Por la delimitación del páramo de Santurban, en toda su extensión, este territorio berlinés correspondiente al municipio de Tona aún no tiene muy claro su futuro, pero todos, como don Fortunato, esperan que en breve haya claridad y todos salgan beneficiados; el medio ambiente, sus moradores y los admiradores del entorno.

Desde allí se puede llegar a todos los lugares bellos o exóticos que esa tierra ofrece, a las lagunas, cascadas, caminos ancentrales o hasta las minas de Vetas y California.

Dicen que en algunas madrugadas el agua llega a su punto de congelamiento, otros narran el tic tac primoroso y doloroso a veces del granizo, otros un tanto fantasiosos cuentan o especulan que han visto caer copos de nieve en algunos riscos.

Del oro, claro hay mil historias, unas verdaderas otras sobre dimensionadas, pero en acuerdo convocan su mirada que el verdadero oro del futuro es la cristalina agua que allí se transforma con las nubes que suben a prisa, la niebla que abraza y besa, el viento que rompe o empuja, los frailejones, el musgo, líquenes y pastos que atrapan cada gota y las van soltando cuando el sol abre los ojos.

Berlín, el pueblo, Berlín el páramo, reitero, son lugares fáciles de ver y caminar, están ahí con carretera de por medio, si el día es brumoso cae de maravilla un café caliente, si está despejado es bueno tener lista la cámara, siempre quedarán bellos recuerdos y como el aire es limpio bajo el cielo azul, la cromatosidad de las gráficas empalaga aún más.

Si puede vivir un atardecer entre niebla y sol dorado, no lo dude, hágalo, es una expriencia irrepetible.

Luego los siguientes momentos acompáñelos con una crujiente trucha al ajillo o un vivificante caldo, de esos con sabor a campo aromatizados con cebolla y cilantro.

Es otro momento de Santurbán, que alimenta el alma y catequiza la mente una y otra vez, no hay límites y eso además encanta.








miércoles, 13 de febrero de 2019

UN CAMINO POR ARBOLEDAS

EL BOQUERÓN, un sitio incomparable.

La historia se comenzaba a complementar, el cuento de una vía que horadaba la montaña por Santurbán vía Arboledas - Cachirí, era cierta.

Un día se decidió hacer ese breve recorrido, algo más de 30 kilómetros, pero por lo sinuoso del trayecto y el pésimo estado del camino, el tiempo se hizo eterno, pero lo logramos y hasta allí llegamos.

La salida desde el poblado de Arboledas toma la ruta quelleva a Cucutilla, claro carretera destapada, como casi todas las terciarias y secundarias de las región. Un par de kilómetros más adelante se toma el desvío hacia San José de Castro y luego bordeando el río Arboledas que también nace en Santurbán se va ascendiendo lentamente hacia la neblinosa cima.

El paisaje en sus primeros kilómetros es de clima templado, hay café, caña, maíz, pastos, fincas y casitas por doquier, pero a medida que se avanza, emerge la soledad y el silencio, solo el trinar de pájaros o el sonido de los incontables arroyos que bajan de la montaña, interrumpen ese paseo.

Por ahí casi a medio camino vemos un gran proyecto cafetero, San Miguel, es como lo llaman los técnicos, café de altura, lo que está generando el cambio climático.


Más adelante, allá a lo lejos se ven los vestigios de una avalancha, dice nuestro guía que eso ocurrió hace algún tiempo cuando se represó la corriente de agua por un deslave y luego se desbocó arrasando todo a su paso.

Pero la naturaleza es sabia, la restauración avanza y ya se ve el verde en muchos lados, el breve cañón allá abajo está cobrando vida.

Pasamos otros parajes, algunos lugares indicando el nombre de fincas, una escuelita y lo último antes del ascenso final la llamada hacienda de La Viuda, otra historia para otro coctel de literatura.

Una casa, unos corrales, una chimenea humeante y elladrido de perros,indican que allí hay vida.

Quien nos acompaña, el vaquiano de esas latitudes, llama a sus moradores y vienen hasta la verja de entrada, hay saludos y presentaciones, eso nos da un poco de confianza, nosotros vamos por terrenos desconocidos.

De ahí en adelante la llovizna, la neblina, el lodo en el sendero, troncos caídos y piedras, hacen que descendamos de la camioneta doble tracción para quitar los obstáculos y poder continuar la travesía.

Los últimos kilómetros antes de coronar el mítico camino es más complejo, la lluvia y el viento arrecian, el frío cala los huesos y estamos en mangas cortas, dejamos los abrigos en el baúl del auto en el poblado.

Vemos en un pequeño manantial unas cántaras, el guía nos comenta que es la forma de refrigerar la leche, que el carro proveniente de Suratá pasa cada dos días a recoger el blanco y nutritivo líquido.

Por supuesto no se echa a perder, la temperatura es el más fiable de los elementos para su conservación allí y el agua, aún más fría ayuda en mejor proporción.

También nos habla de otros usos del camino, para el contrabando, especialmente de combustibles.

Nos relata de un accidente de esos mercaderes, que ocurrió hace algún tiempo,se fueron a un abismo en su camioneta cargada hasta el tope, dice que estaban ebrios, su cargamento explotó, murieron calcinados.

Escuchamos con atención, miramos hacia abajo, es puro bosque andino de páramo, bastante tupido, seguro quien se quede por ahí varado o se vaya al precipicio durará en ser encontrado, no son muchos los que por allí transitan.

Sigue la lluvia, se siente más fuerte el viento, a veces las nubes dejan ver imponentes montañas, paisajes que vacían los sentimientos para alojarse o adueñarse de la memoria para ser nuevos recuerdos.

Por fin vemos, allí entre la neblina una montaña que se parte en dos, es un plancito, hemos llegado, allí está el célebre Boquerón.

Hay una gruta con la imagen de la Virgen, un pequeño kiosko que resguarda a los viajeros.

La cámara fotográfica no descansa y la de video prepara su balance y lente, pero el viento, sobre todo el que penetra desde el lado de Arboledas, es muy fuerte, estoy aterido, no llevo abrigo.

Queda de todos modos grabado algo, luego hago lo mismo hacia el otro lado, por donde queda Cachirí, está un poco despejado y más lejos en lo alto, los riscos, toda la magna naturaleza del imponente Santurbán.

Allí en el Boquerón estamos a casi 3000 metros, la cima del nudo orográfico supera fácil los 4500.

Nos relata el guía sobre las lagunas, lo ancestral del camino, parece ya desde antes de la colonia e independencia era conocido su trazado, por ahí cerca se escenificó la tristemente célebre batalla de Cachirí, donde el general García Rovira y toda su fuerza patriota rindió su bandera.

En otra oportunidad nos atreveremos a bajar hasta el poblado, son un poco más de 10 kilómetros, es una promesa o mejor una misión para  otro día.

Algunas fotos adicionales para el recuerdo un tanto personalizadas y a regresar, la tarde comienza caer y el cielo vuelve a tornarse gris. 

El descenso es más amable, hemos cumplido adecuadamente y referenciado cada punto importante, el viaje de retorno no incomoda, por el contrario nos llena de más energía, el paisaje va cambiando nuevamente, pero muchas estampas ya comienza a ser familiares.

Un refresco en San José de Castro da vitalidad, más que necesaria, minutos más tarde estamos de regreso en Arboledas para contar a los interesados sobre la experiencia y confirmar, sin duda, que la carretera, así esté en mal estado existe y puede ser alternativa de comunicación con Bucaramanga.

Es más, con los adecuados arreglos, el viaje en un futuro no muy lejando entre Cúcuta y la capital de Santander del Sur, ahorarría por lo menos 40 kilómetros, pero no será fácil habilitarla , se requieren muchos recursos y voluntad política para lograrlo.

Es muy cerca a ese utópico proyecto de la vía por el alto de el Escorial, pero que lamentablemente no le habían contado a la comunidad en general que la carretera, esta que recorrimos ya existe desde hace varias décadas.

El Escorial, está a solo un par de kilómetros desde el Boquerón, esa es la verdad.

Sin embargo y para el ahora o futuro próximo el turismo de aventura, el senderismo, y todo lo que tiene que ver con la eco diversión, por lo menos ya tiene un trazado fenomenal.

Ahora, a descansar y ya vendrán otros atisbos a todos esos lugares que hacen parte de Santurbán.